El poder de los estadios

El poder de los estadios

El estadio era (y es y será) un lugar de encuentro. Un punto de reunión donde miles de personas acudían regularmente a su cita casi litúrgica con el equipo de su vida. Era, es y será, la casa de los fieles de un equipo de fútbol para disfrutar de 90 minutos llenos de vida. Luego, quizá era hora y medio de caos, sufrimiento y vida.

Ahora, con la pandemia, los estadios están vacíos. No tienen alma. Ni tampoco corazón. Han dejado de latir por el coronavirus. Y se desconoce cuando volverán a ser lo que fueron, lo que añade más nervios porque desde hace unos años se había convertido en fábricas de generar dinero.

No solo por esos miles de aficionados que acudían en día de partido a su templo sino porque se habían convertido en un lugar de peregrinación turística y hasta cultural a lo largo de toda la semana.

El Museo del Camp Nou, por el que han desfilado más de 30 millones de personas desde su inaguración en 1984, generaba 58 millones de euros el año pasado, prácticamente igualando los 60 que proporcionaba la venta de entradas.

De ahí, que los clubs, conscientes del poder económico de los estadios, entendieran la necesidad de modernizarlos para transformarlos en modelos arquitectónicos de diseño, capaces de atraer más gente, más público, y por lo tanto, más dinero.

No es casualidad que Madrid y Barça, las dos locomotoras de la industria del fútbol en España y Europa, se pusieran a reformar sus casas. En el Bernabéu las grúas trabajan en plena pandemia, mientras en el Camp Nou todavía no se ha pasado del boceto ya aprobado, pero aún no ejecutado. Ni una sola máquina ha entrado en el estadio azulgrana.

Se trata de obras faraónicas en tiempos de pura restricción. El Madrid había presupuestado 575 millones para levantar un nuevo Bernabéu dentro del viejo Bernabéu, aprovechando incluso los meses de confinamiento para acelerar al máximo las obras.

En el Barça, esa cifra ascendía a los 715 millones porque incluía al Nou Camp Nou el Nou Palau unido a la demolición del Mini Estadi, el pequeño hogar donde jugaban las jóvenes promesas, y la creación del Estadi Johan Cruyff, el único que ya funciona dentro de ese megaproyecto.

Los estadios, que tenían nombres de presidentes (como en el Madrid) o más simbólicos (Barça), generan dinero nada más abrirse. Poco importaba el día o que no hubiera partido. Generaban hasta la llegada de la pandemia. Generan incluso desde el nombre a través de los naming rights, la vía que permite a una empresa pagar dinero para ponerle nombre.

Es una fuente de ingresos que, curiosamente, no está expandida aún en la Liga española porque solo el 15 % de los clubs tienen colocado un apellido comercial a su estadio. Wanda paga 9,6 millones de euros al año para unirse al moderno e innovador Metropolitano de Atlético o el Reale Arena era el viejo (ahora también remozado) Anoeta de la Real Sociedad.

Todo muy lejos, por ejemplo, de la Bundesliga, que posee un 77,8 de los estadios con nombres comerciales, según recoge un estudio de la consultora KPMG. La MLS (liga estadounidense) es la que más se le acerca con un 76,9%, mientras el resto de los campeonatos europeos transita en los números de la Liga. Francia, Inglaterra e Italia tienen un 20% de los estadios con apellido que le dan dinero.

Pero si se cierra el foco todavía se percibe aún más el grado de crecimiento que existe en ese sector de la industria. De 98 clubes de las cinco principales ligas del fútbol europeo, solo el 30% de ellos tienen nombre comercial. Etihad Airways inyecta 17 millones de euros cada año al Manchester City en lo que supone el mejor patrocinio europeo.

Ahora, con la aparición de la pandemia, todo ha quedado peligrosamente detenido. El aficionado no puede ir y los estadios se han convertido en gigantescos esqueletos. Aunque para la viabilidad y sosteniblidad de los grandes (y pequeños) equipos resulta fundamental tener estadios que sean un punto de encuentro. Pero un punto de encuentro económico.

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