La pena del silencio

La pena del silencio

Está viejo y gastado. Es del siglo pasado. Mediados del siglo XX cuando el franquismo estaba en el apogeo de su larga e inacabable dictadura. Es un templo de oración para el fiel culé, que encara ya su tercera edad, a la espera de que algún día lo remodelen.

Siempre hay miles de personas a su alrededor. Desde 1957, cuando se levantó tan majestuosa obra arquitectónica, adelantada entonces a su tiempo, el Camp Nou ha vivido rodeado de aficionados, cruzándose varias generaciones en torno al tradicional rito barcelonista.

Pero el martes no había nadie. Ni fuera. Ni dentro. Silencio en su gigantesco anillo exterior. Silencio aún más profundo en el césped. El virus, que ha matado a miles de personas, se instaló en el esqueleto de ese viaje y venerable estadio.

Por no haber, no había ni emoción. Unos pocos privilegiados, apenas 12 periodistas, 22 jugadores, dos equipos, un árbitro. Todos extraños en un lugar extraño. Llegas y no hay nadie. Pasas el control sanitario y no hay nadie.

El estadio sigue ahí. Monumental. Erguido. Firme, resistiendo el paso de los años, aunque tenga infinitamente mucho más pasado que futuro. Te acercas aplastado por la fuerza de la obra y el poder de un silencio que transforma la escena en algo irreal.

Irreal es llegar al Camp Nou sin escuchar ningún sonido. Irreal es ascender hasta la azotea del estadio para contar un partido de fútbol escuchando la voz del balón. Sintiendo, además, como te llegan con nitidez los gritos de los jugadores, asombrados ellos también porque no se reconocen a sí mismo.

Ahí abajo, justo en el césped, el Camp Nou les engulle. Sienten como las entrañas de esa vieja y gastada casa se estremecen cada vez que tocan la pelota. Arriba, 12 periodistas. Y entre medio, la nada.

Nada de nada. Sillas vacías, gradas desnudas y un espectáculo que no tiene nada de espectáculo. El juego deja de ser lúdico y pasa a ser algo melancólicamente diferente, sin pasión alguna. Hay fútbol, pero no hay alma.

Noche de orfandad, donde cada paso que das cruje y retumba en una obra que tiene más de 60 años de vida, obligándote a mirar sobre ti mismo pensando que estás atrapado en medio de un sueño.

Te vas como viniste. Solo. Descubriendo que dejas atrás a un estadio sin alma. “Da pena ver un Camp Nou así”, contó Rakitic. Pena porque la industria está iniciando su reconstrucción, con millones de televisiones encendidas, fluyendo poco a poco el dinero, pero el fútbol no es el fútbol sin la gente.

Dentro de 50 años quizá no se recuerde el resultado. Era lo de menos, por mucho que esté una Liga en juego. ¿Del partido? Poco. Tal vez, sí se recuerde que Ansu Fati, un niño de 17 años, rasgó con su atrevimiento tan doloroso mutismo o que Messi saludara a la nada para celebrar el penalti que marcó.

El templo sigue en silencio. Y los fieles de la religión culé, esparcidos por el mundo, también. Y el Camp Nou, siendo lo grande que es, se encogió y empequeñeció por ese maldito virus. Ahogado por la pena.

Cliente y consumidor Burbujas para respirar
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