“Por una vez, no lo hagas”

“Por una vez, no lo hagas”

por Marcos López


Arde Estados Unidos. Y los deportistas arden también, dolidos e indignados por la muerte del afroamericano George Floyd en Minneapolis después de que el policía Derek Chauvin se arrodillara sobre su cuello. Ignorando, en todo momento, la desesperada petición de auxilio que le lanzaba mientras se consumía en el asfalto, pegado a una silenciosa rueda de un coche policial estadounidense.

Arde Estados Unidos. Está el país en llamas. Como el deporte, que continúa confinado, esperando que la pandemia le permita reanudarse, mientras la ira colectiva se extiende por todos los rincones del país. Y del mundo. “Entiendes ahora!!??!!?? ¿O todavía te queda borroso?”, aseguró Lebron James en su cuenta de Instagram, convertido en uno de los líderes de esa revuelta que agrieta la sociedad norteamericana.

El mensaje contenía dos imágenes: en la primera se veía al policía aplastando con su rodilla izquierda a un indefenso Floyd y en la segunda Colin Kaepernick, exjugador de la NFL, que escuchaba el himno de EEUU con su rodilla al suelo como señal de protesta (23 de octubre del 2016).

Había jugado seis temporadas en los 49ers de San Francisco, uno de los grandes equipos de fútbol americano. Era ‘quarterback’. O mariscal de campo. En 2016, se arrodilló junto a su compañero Eric Reid. Desde 2017, nadie ha contratado a Kaepernick en la NFL. Ni una sola de las 32 franquicias de la NFL se ha interesado por él.

En Alemania, Marcus Thuram, delantero del Borussia Mönchengladbach, hijo de Lilian Thuram, exjugador del Barça, Juventus y campeón del mundo con Francia (1998), imitaba este fin de semana a Kaepernick, transformando ya en inspirador símbolo de las nuevas generaciones en la lucha contra las desigualdades.

Y Jadon Sancho, la estrella emergente del Dortmund celebraba su primer triplete como profesional, con una camiseta reivindicando justicia para Lloyd. Tenis, automovilismo (“Permanecéis en silencio en medio de la injusticia, estoy solo…”, gritó Lewis Hamilton, el piloto británico que posee seis mundiales de Fórmula 1), gimnasia (“tenemos que hacerlo mejor América”, escribió Simone Biles)… Todos combaten contra el racismo.

La lista se hace interminable. Y aumenta a cada minuto. Hasta Jordan, callado y silencioso en su época de máximo esplendor deportivo, ha tenido que unirse a la necesaria e imprescindible ola para combatir el racismo.

No fue Michael el primero. Pero estaba obligado. A finales de la década, calló. Ahora ya no puede. No basta con decir lo que dijo en su momento de que “los republicanos también compran zapatillas”. Se necesita mucho más.

“Ya hemos aguantado lo suficiente”, proclamó el propietario de Charlotte Hornets, una de las franquicias de la NBA. “Estoy triste, dolorido y lleno de furia”, admite Jordan, quien reclamar luchar “contra la injusticia con expresiones pacíficas”.

“Por una vez, no lo hagas”, tuiteó Nike. Y Adidas, tradicional y ancestral competencia de la multinacional norteamericana, lo retuiteó. Hasta la industria del deporte entendió al instante que el problema era de una gravedad extrema. Porque el problema no está solo en EEUU. Es un problema de todos.

Mientras el país arde, con las llamas rodeando la Casa Blanca y Donald Trump encerrado durante una hora en un búnker subterráneo, los deportistas gritan, con la amplificación y fuerza social que le proporcionan sus figuras, para erradicar una intolerable lacra que dura varios siglos. 

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