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Michael

Michael

Llegó por el norte de España y se enamoró del sur. Aterrizó en Pamplona, una ciudad que no encontró en el mapa (no es ninguna exageración) porque él buscaba Osasuna y, claro, no le salió. Luego quedó cautivado de Cádiz, donde siempre fue considerado como ‘el inglés’. Y sin saberlo se convirtió en la cómplice y cariñosa banda sonora que nos acompañó en nuestras vidas durante las tres últimas décadas.

«Cuando llegué solo decía hola, adiós, gracias, cerveza y contaba hasta cinco», solía recordar cuando este inglés nacido en Leicester que fue colándose en el público navarro con ese fútbol tan británico desconociendo El Sadar entonces que su enorme figura como futbolista (ganó la Copa de Europa con el Liverpool en 1984) quedaría atenuada por su inmensa capacidad creativa.

Era una leyenda del balón. Pero también lo es para explicar lo que mueve el balón. Tuvo siempre un informe emotivo o un acento propio abriendo caminos nuevos en un denostado periodismo, demostrando que la historia humana importa mucho más que el propio deporte.

Supo, además, tener la elegancia necesaria para darle al fracaso (el éxito es lo inusual) la grandeza adecuada provocando emociones que no se olvidan. Esas que perduran con el paso del tiempo. Y que a cada año que transcurra son más nítidas porque el recuerdo de las obras bien hechas adquieren más valor.

Comunicaba de maravilla gracias a ese singular castellano robinsionano. Tenía una mirada distinta. Todos veían lo mismo, excepto él. Y luego, desde una contagiosa y auténtica naturalidad, lo compartía haciéndote sentir jugador del Liverpool, compañero en lo que el ojo no ve de ‘El Día Después’ o metido en la cabina de comentaristas entre Carlos y él, una pareja que figura en la memoria popular del fútbol español.

Tardes y noches previas al fútbol que, al final, eran lecciones de vida. Mundiales irrepetibles, como aquel de Sudáfrica-2010, que empezaban con un desayuno interminable confundiéndose con almuerzos que incluían para él gin tonics, antes y después. O whiskys. Todo antes de entrar en un estadio donde te explicaba el partido con una sencillez asombrosa. 

Hablaba y te enganchaba. Con la historia. Y con su relato. Disfrutó tanto, o más incluso, contando el fútbol que jugándolo.

Generaciones de niñas y niñas han visto (y han escuchado) el fútbol que nos enseñó Michael. No es lo que hizo, que fue inmenso porque tuvo un aire pionero y revolucionario, sino lo que deja.

Deja un inspirador camino para las nuevas generaciones de deportistas y periodistas que tienen informes nuevos por descubrir y acentos por explotar.

«No cabe en una vida de 61 años tanta felicidad y suerte como la mía. Si fuera por eso, tengo 130 años. No creo que la vida me deba nada, más bien al revés», decía a sus compañeros de ‘Informe Robinson’.

Todos tenemos un momento con Michael porque se coló, de forma elegante y divertida, en nuestras casas. «Me siento parte de España, me siendo en deuda con un país en el que no nací, que no me conocía y me dejó invadir sus salones durante 30 años», contaba siempre.

El inglés era uno más de la familia. Todos lloran. Todos están. Todos se sienten huérfanos. Todos lloramos.

Fermé Fase 2
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